miércoles, 29 de noviembre de 2017

La vida se ríe de Joseph Guillotin


 
    Si algo enseñan los años es que la vida tiene recurrentes inclinaciones a la ironía. No importa la época, ella escoge personas al azar y se burla, podríamos decir, se divierte sembrando contradicciones y paradojas. Joseph Guillotin fue un claro ejemplo de ello.

Además de Diputado de la Revolución, Guillotin era médico, y como tal llevaba a cuestas la responsabilidad de, si no sofocarlo, aliviar el dolor de las personas, rescatarlas de la fosa donde se apagan los sentidos. El carácter insoslayable de la muerte en aquellos años no le permitió hacer demasiado. Sin embargo, bajo el suspiro de su juramento, se propuso arrebatarle el dolor a la muerte.
A finales de 1789 sugirió a la Asamblea Legislativa el uso de una nueva herramienta de ejecución; se trataba de una hoja filosa que caía sobre la cabeza del condenado produciendo una muerte inmediata, indolora, prescindible de verdugos que pudieran fallar la tarea y prolongar la agonía del moribundo. No sólo eso, el doctor Guillotin arguyó convincentemente sobre la necesidad de hacer privadas las ejecuciones para que el impacto de la violencia alcanzara la menor cantidad de ojos posibles.

Aquellos que se habían declarado contrarios a sus opiniones durante la propuesta, terminaron por convertirse en enemigos cuando la misma fue aceptada y llevada a la práctica tres años después, en 1792. Decían que los condenados habíanse ganado el dolor por las atrocidades cometidas. Luis XVI era el ejemplo más utilizado por esta disidencia, preferían verlo retorcerse en la soga y que por unos instantes sintiera el rigor de la justicia sobre cuello y consciencia. 

La historia sabe que esto no sucedió. En 1793, tanto el descoronado rey como su mujer austríaca fueron ejecutados bajo la herramienta propuesta por el doctor Joseph Guillotin.

Lo que no explica la historia es si acaso tuvieron incidencia los rivales políticos de Guillotin o se trató de un hecho sin consenso que fue ganando terreno por su propia cuenta, lo cierto es que para el comienzo del nuevo siglo la herramienta de muerte indolora elegida por el doctor cobró por nombre Guillotina y se convertiría luego en símbolo de la Revolución Francesa.

Si uno escucha con atención puede escuchar cómo ríe sigilosamente la vida. Joseph Guillotin, el médico que por epónimo es asociado a la muerte, pasó la última década avergonzado de pronunciar su nombre. Murió en 1814. La guillotina, recién, en 1977.

lunes, 16 de octubre de 2017

Testigo de la muerte de María Antonieta



Me fue encomendado presenciar la muerte de María Antonieta de Austria, ejecutada el 16 de octubre de 1793. Como iniciado en los viajes documentales no me pareció que fuera el hecho más destacado para documentar, pero haber estado allí cambió todo preconcepto que pudiera tener. Solicité que se me enviase al 14 de octubre del año mencionado, a fin de poder presenciar también el juicio de María Antonieta ante el Tribunal Revolucionario.

Durante largos años recibí el más riguroso entrenamiento. Supe cada expresión, cada costumbre, logré perfeccionar mi acento, practicar las construcciones verbales típicas. Fui vestido meticulosamente como un parisino. Se ocuparon de mi barba y mi pelo, se ocuparon de que mis dientes quedaran debidamente amarillos. Viajé al alba.

El primer pensamiento que atravesó mi consciencia durante esta experiencia extraordinaria fue sobre las limitaciones de la Historia. Los datos que había acumulado no habrían podido reproducir lo que atestiguaban mis ojos, lo que me asaltaba la nariz e invadía mis oídos. Senderos grises, barro, olores que jamás había imaginado, un ruido que, en comparación con el nuestro, se parecía al silencio.

Me uní a las masas en el Tribunal. María Antonieta de Austria ingresó escoltada. Era alta, bella incluso en aquel estado deplorable. Las declaraciones del Tribunal, la expectativa de los oyentes que proferían clamores revolucionarios a cada instante, evidenciaban que la sentencia a muerte era inminente e ineludible. Pude distinguir las expresiones duras del Delfín mientras declaraba contra su madre, acusándola de haberlo iniciado en pervertidos juegos sexuales; a través de los ojos llorosos parecía pedirle perdón. Dijo ella, en su defensa, y cito: “La naturaleza rechaza semejante acusación hecha a una madre. Apelo a todas las madres presentes en la sala”. Momentos después fue declarada enemiga de la nación francesa y sentenciada a muerte por guillotina. Salí de allí conmocionado.

Me hospedé en una residencia en los suburbios de París. Al día siguiente salí a recorrer la ciudad. Allí se erigirá un día la Torre Eiffel, me dije, mientras recorría Campo de Marte. Aquí el Arco del Triunfo, pensé, y recordé que sería comenzado a trece años de aquella fecha, en 1806, por orden de Napoleón. De la Bastilla quedaban penosas ruinas. Recorrí la plaza de la Revolución, un grupo de carpinteros trabajaban el cadalso, el filo de la guillotina refulgía al sol. Por un momento quedé atrapado en la paradoja de que al día siguiente iban a ejecutar una mujer que había muerto hacía 250 años.

No fue grato mi primer viaje documental. Ya no podría creer en la Historia, sus datos y hechos, no porque fueran inexactos sino porque carecían del factor humano que los hace lo que son. La distancia entre contar condiciones de vida y experimentarlas me resultó abismal. La Historia es limitada e irresoluta.

La mañana del 16 de octubre me encontraba entre la multitud de la plaza. La vi caminar hacia las escaleras, abucheada por el gentío. Para ellos no era una mujer sino un símbolo del despotismo, un emblema de valores viejos destronados por los nuevos. Subió los primeros escalones, se tropezó y pisó al verdugo, juro haberla escuchado decir “disculpe, señor, no lo hice a propósito”. Volvió a perturbarme la idea de que esa mujer que iba a morir había muerto hacía 250 años. En la plaza rondaba el sentimiento de que su muerte traería consigo el fin de la revolución, el ansiado triunfo. Acaso sería yo el único que sabía lo contrario. Cayó la guillotina en un golpe seco y veloz, la algarabía del público no alcanzó a cubrir el sonido del corte, que ya jamás podré olvidar.

lunes, 9 de octubre de 2017

Los días robados de octubre




La historia tiene un hueco, precisamente entre el 4 y el 15 de octubre de 1582. Son diez días cercenados del calendario, como si éste fuese una larga tira de jornadas que se corta, se pega y nada pareciera haber sucedido. Se debe a que ese jueves 4 de octubre de 1582 fue el último del calendario juliano, vigente desde que Julio César lo instaurara en el 46 AC. El día siguiente sería viernes 15 de octubre, ahora bajo el modelo gregoriano, propuesto por el papa Gregorio XIII. Lo cierto es que diez días de octubre han sido robados y por ellos nadie pregunta.
Del hurto recién expuesto se desprenden los siguientes cuestionamientos e hipótesis:

La paradoja efemérides.
Las fechas que van del 5 al 15 de octubre no tienen su efeméride correspondiente al año 1582. ¿Qué significa esto? La ausencia del antecedente implica una ruptura en el tiempo, un apagón. ¿Qué pasó con la vida en ese lapso disruptivo? ¿Qué pasó con el hombre? ¿Qué tramas se privó, qué amores negó, cuántas aventuras sentenció? ¿Quién les devuelve a las personas de aquella época los días robados?

La pasividad de la historia.
Ha sido de tal magnitud la indiferencia de la historia en esta cuestión que no hace más que levantar sospechas. Si los días son hijos de la historia, ¿por qué jamás se ha pronunciado en reclamo? Ella, siempre tan obsesionada con los hechos, ¿cómo hace la vista gorda ante su propio asalto? La historia es una mala madre.

Vicio del hombre
Algo es seguro: si a su antojo el hombre organiza los días, si a su antojo los construye y desparrama, quiere decir que éstos, a su semejanza, poseen los mismos vicios. Por eso no hemos de fiarnos de los días; pueden amarnos como odiarnos, hacernos el amor y la guerra.

Tesoro a la inmortalidad
Lo más seguro es que los días robados de octubre se encuentren enterrados en algún lugar inescrutable. Aquel que los encuentre tendrá los diez días de vivencias arrebatadas a toda mujer, hombre y niño vivo en 1582. Se estima que, sin contar las américas, había unos 500 millones de habitantes.  



jueves, 28 de septiembre de 2017

El mes de la prosa fecunda

Existe una costumbre española muy poco divulgada. Desde mediados del siglo pasado, el mes que corre entre el 29 de septiembre y 29 de octubre, es considerado sagrado. Durante ese período se celebran distintos ritos y prácticas en bienvenida al próximo gran escritor español. La creencia popular lo declara el mes “de la prosa fecunda”
.
Para entender cómo surge esta costumbre debemos remontarnos al 29 de septiembre de 1547, primero, y al 29 de septiembre de 1864, después, años en los que nacieron Miguel de Cervantes y Miguel de Unamuno, dos de los máximos exponentes en literatura española y mundial. El primero nos trajo Don Quijote de la Mancha, por muchos considerada la primera novela de la historia. El segundo, nacido casi trescientos años después, regaló al mundo su célebre obra Niebla.

Como podrá apreciarse, los místicos no tardaron en aparecer con justificaciones convincentes. La pregunta que se hacían todos era cómo podía ser sólo una coincidencia que dos genios literarios nacieran en la misma fecha, dos genios que también llamados Miguel, dos literatos que revolucionaron la asignatura. Astrólogos, filósofos y especuladores profundizaron el debate y llegaron a la conclusión, luego de incansables cálculos y recopilación de datos, de que había en aquella fecha y en el mes que la presidía un lapso “fecundo” para el nacimiento de grandes talentos literarios. Fortalecieron la hipótesis nombres como Miguel Delibes, nacido el 17 de octubre, o Ramón María del Valle Inclán, nacido el 28 de octubre, o Antonio Gala, dado a luz el 2 de octubre, entre otros bastos apellidos de prestigiosos autores.

El honor de traer al mundo un futuro hombre o mujer de letras, juega un papel muy importante en los progenitores españoles. Muchos de ellos calculan la concepción para que la fecha coincida con el mes “de la prosa fecunda”. No debe sorprender que los censos de las últimas tres décadas muestren una altísima tasa de natalidad en el período, y que dos de cada cinco niños varones nacidos en el mes “de la prosa fecunda” sean nombrados Miguel. Al bebé se le suele colocar libros en la cuna, muchos padres eligen los autores según el tipo de escritor que deseen se conviertan sus hijos. A su vez, no bien se lleva la criatura al calor de la madre, el padre lee en voz suave algunos párrafos para, según dicen, despertar el talento y que crezcan de la mano a él.

Como toda creencia popular, la del mes “de la prosa fecunda” tiene sus propios mitos y particularidades. Corre la sospecha de que Antonio Machado, nacido el 26 de julio, y Federico García Lorca, llegado al mundo un 5 de junio, otras dos glorias de la literatura española, en realidad son producto del mes de la fecundidad de las letras, pero en secreto cambiaron su fecha de nacimiento. Los que siguen esta teoría están divididos en una cuestión, la relativa al por qué. Una facción cree que no querían formar parte del lote de escritores porque así se sentían ligados a algo que no habían elegido. Otro grupo respalda un motivo más generoso: que cambiaron las fechas para que todo futuro aspirante a escritor, independientemente del mes en que naciera, tuviera la esperanza de cumplir su sueño.



Comienza así, este 29 de septiembre, el mes “Fecundo” del año 2017, sólo el tiempo dirá qué maravillosas letras habrá gestado.

jueves, 24 de agosto de 2017

Nietzsche y la teoría de la potestad del bigote




Hoy se conmemoran 117 años de la muerte de Friedrich Nietzsche, la persona que murió cuando debió haber nacido. ¿Quién fue este hombre anacrónico? El apellido hace que uno piense en un bigote ampuloso que pareciera estirarse a tapar una boca que no iba a poder callar. Era un bigote con rostro, uno que disimulaba los ojos tristes y la palidez propia del encierro.

Me gusta pensar la vida de Friedrich Wilhelm Nietzsche, nacido en 1844, en la vieja Prusia, desde una teoría censurada y acusada de irrisoria, por esto último probablemente verdadera. Se dice que el Nietzsche que conocemos no lo fue hasta entrada ya la pubertad, cuando su reloj biológico dio la orden de, entre otras cosas, permitir el desarrollo del bozo, aquel bello entre el labio superior y la nariz. Según estos historiadores y teóricos, el consolidado bigote postadolescente tendría autonomía y una inusitada conexión nerviosa con el cerebro. Dan por hecho, entonces, que el legado del filósofo alemán es producto de esta relación bigote-cerebral, y proclaman haberse iniciado “la potestad del bigote” (así titulan el caso) luego de finalizada su formación escolar, cuando después de un semestre abandonó los estudios en teología para instruirse en filología.

Sin embargo, lo más interesante de la teoría de la potestad del bigote es que enfatiza más su vida como hombre que su pensamiento filosófico, quizá por esto tan repudiada entre colegas. Nietzsche, según esta hipótesis, fue un hombre que nació fuera de época, uno que murió cuando debió haber nacido, pues el ansiado éxito de sus escritos no llegaría hasta después de su fallecimiento. “Dejó de existir teniendo dudas sobre el valor de sus ideas”, afirman con énfasis nostálgico los seguidores de este pensamiento.

Existe una disputa interna en la teoría de la potestad del bigote. Están aquellos que piensan la autonomía de aquel racimo de pelos como siniestra, culpable a la vez de una genialidad y una depresión que lo haría experimentar intensas vicisitudes pasionales; otra facción, aunque respalda la idea de autonomía, objeta como real absurdo pensarla en términos siniestros, sostiene que el vigor de sus pasiones son las de cualquier mortal y que el bigote está circunscrito a desarrollar no la pasión sino el raciocinio.

Pese a las diferencias, ambos enfoques no dudan en declarar la existencia de Friedrich Nietzsche como rebosante de pasión; amistades y enemistades, sueños frustrados, guerra, moral enarbolado, soledad, amor propio y amor no correspondido. “Fue la pasión de Nietzsche, y no el pensamiento, su legado más valorable”, afirman y reafirman los paladines de esta teoría. Tenía el alemán una forma tan poderosa de encarnizar su vehemencia, por gracia del bigote, que su cerebro no pudo soportarlo y allá por 1890 sucumbió en una demencia que lo sojuzgó sus últimos diez años de vida.


¿Locura? No tiene cabida la locura, lo defienden los que pregonan la teoría de la potestad del bigote. A capa y espada sostienen que el cortocircuito que pudo haber sufrido la mente no afectó la claridad de su bigote, y se basan en el relato de Elisabeth Nietzsche, su hermana, que lo cuidó en Weimar hasta el día de su muerte: “Él (por Friedrich) hace lo mismo todos los días. Estira el brazo contra un rincón, prepara la mano como si fuese una pistola, y con la boca simula el disparo. Después me mira y sonríe, dice haber matado a Dios

lunes, 31 de julio de 2017

El General ladrón



Cuando el 12 de agosto de 1963 fue robado el sable corbo del General José de San Martín del Museo Histórico Nacional, sentí la obligación de hacer algo para encontrarlo. Por entonces tenía once años. Le pedí a mi madre que me comprara un pizarrón y empecé a dibujar hipótesis. Todas llevaban la fantasía propia de un niño. Llegué a decirle a mis padres que San Martín se sentía solo en su tumba, que necesitaba de vuelta aquel compañero incondicional de batallas y glorias. A mis compañeros de colegio les decía que tal vez había buscado su sable para combatir los enemigos del más allá, y juntos especulábamos quienes eran estos y si podría triunfar esta vez. Por supuesto que cuando después se le adjudicó el robo a un grupo de integrantes de la Juventud Peronista, yo que no tenía idea qué significaba eso, no lo creí, ni siquiera cuando fueron detenidos por la policía, porque de todas formas el sable jamás fue encontrado; ¿y si los estaban inculpando para ocultar algo sobrenatural? ¿Y si era una maniobra del Gobierno para evitar que se supiera la verdad? El sable había desaparecido, era todo lo que me importaba. El verdadero ladrón sería aquel que tuviera la espada consigo, y a medida que pasaban los meses más me convencía que el propio San Martín estaba involucrado.

Pero me tocó crecer, como a todos, y esa locura por descifrar la incógnita fue perdiendo su brillo con el paso de los años, porque ese enigma que al principio es encantador, cuando se cierra sobre sí mismo, termina siendo un tormento. El sable corbo del General José de San Martín parecía haber desaparecido para siempre. Empecé a pensar que algún astuto ladrón lo había vendido al mercado negro y seguro era adorno en el gabinete de un poderoso extranjero. Pero aún en madurez el halo de mis creencias infantiles tocaba su música en mi mente. Hasta escribí un cuento, “El General ladrón”, con el que sin éxito participé en algunos concursos literarios, aunque sí recibí ofensivas respuestas de los jurados por “ultrajar un prócer”, a pesar de que esa nunca fue la idea.

Terminé sepultando el sable. Antes de echarle tierra me dije que detrás de su robo había todo un entramado simbólico que ni yo ni nadie jamás entendería. El resto de mi vida hasta llegar a este presente no aporta nada a lo que cuento, excepto el hecho de que tras la muerte de mi mujer, por cuestiones que no es necesario un especialista para explicar, reviso hasta el cansancio los efemérides de cada día y me transporto a fechas homónimas del pasado. Siento que el presente es aburrido porque las cosas todavía no suceden, en cambio el pasado está lleno de acción y cuando uno ha visto suficiente es capaz de conectar los hechos y darse cuenta que en realidad todo es la misma cosa.

Hoy, 12 de agosto, entre los primeros que hallé estaba el robo del sable corbo de San Martín. De repente me sentí un niño mimado otra vez, que volaba con las alas de su fantasía. E hice lo que la tecnología de hace cincuenta años no me permitía, bucear en el interminable océano de información. Encontré esto, fracción del testamento de San Martín, allá por de enero de 1844:

El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al general de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

En esa última línea, ahí está la respuesta. El entramado simbólico que creí indescifrable aparecía tan claro como es posible. El General José de San Martín robó su sable aquel 12 de agosto de 1963; su cualidad de alma le permite estar en cualquier tiempo, y por eso lo robó, porque sabría qué destino le esperaba al país que había amado.





domingo, 2 de octubre de 2016

Mí lapicera

Yo no tengo dudas de que toda persona tiene su lapicera que le quepa. Es cuestión de encontrarla nada más. Pueden ser industrialmente idénticas, pero la mano armoniza con una sola; la que logra amoldarse a las curvaturas y contornos, la sensibilidad de ciertos dedos, la piel quisquillosa, a veces dura y tantas otras suave. Como no todas las manos son iguales, tampoco puede serlo su vínculo con las lapiceras.
Pongo por ejemplo mi relación con Morena. La encontré un día tirada, sola, descuidada entre zapatos y tacos que le pasaban al lado. Cuando la levanté, mi mano se llenó de algo parecido al amor; convergieron al primer contacto, hasta bailaron juntos sobre un papel que llevaba en el saco, ella dejaba su marca con un azul oscuro precioso, indeleble tinta cuyos surcos dibujaban fantasías. A partir de entonces no pude escribir con otra lapicera, ni siquiera lo concebía. De seguro mi mano se hubiera sentido torpe, ebria; la letra me hubiera salido fea, inentendible, y es probable que hasta hubiera cometido esos errores de ortografía que tanto quiero evitar. Además ¿por qué escribir con otra? Ella, a través del puño, representaba mi alma, ¿qué otra hubiera logrado cosa semejante? No es lógico andar buscando en otro lado lo que uno ya tiene.
Sin embargo debí hacer algo mal. Será que enojado comencé a escribir relatos lúgubres y monótonos; será que apreté mucho el puño contra la hoja o que en una crisis de nervios la mordí por demás. Pudo haber sido cualquier cosa. Cierto es que la tinta comenzó a menguar. Es lo que sucede con las lapiceras, si uno desperdicia la tinta al poco tiempo termina acabándose. Comenzó haciendo desaparecer algunas letras. Yo en mi fuero interno sabía que se estaba acabando pero la apretaba y me enojaba porque no me respondía. Después fueron palabras enteras. Me cansé y entonces tomé cualquier otra, echándole la culpa del reemplazo. Cuando se me pasaba el disgusto volvía a ella y escribía de nuevo suavemente, acompañándola con lentos zigzagueos de la mano.
Un día desapareció. No la encontré en el escritorio, ni sobre la mesada, tampoco entre la suciedad del piso. Pienso que quizá la llevé conmigo y cayó del bolsillo cuando tuvo la oportunidad. Es probable que alguien ya la haya levantado, ya recargado la tinta para ser su mano la que baile al son de Morena. Lloré la pérdida. Mi puño se endureció, tanto que pensé que había muerto. Pasaron semanas para que pudiera volver a escribir, torpe, indolentemente.
Hoy sé que mi relación con ella tenía los días contados, así como yo tengo los años. Me hubiera gustado hacer de ellos algo más digno. Quién dice, de haberla cuidado, quizá hoy todavía bailaríamos juntos. De vez en cuando miro las baldosas de la calle, sabiendo que busco lo que no se busca, lo que un día tuve la suerte de encontrar.